Make your own free website on Tripod.com







EL ARREPENTIMIENTO SIEMPRE ES POSIBLE

Dentro de cinco horas veré a Jesús. Diario de prisión.

Jacques Fesch.

Jacques Fesch, francés nacido en 1930, fue condenado a muerte y guillotinado en 1957 por el asesinato de un policía después de un atraco. Dos meses antes de su muerte, comienza a escribir este diario espiritual, dirigido a su hija, en el que narra su fulgurante conversión en la cárcel, después de una juventud despreocupada. Fue entre las rejas cuando se produjo su acercamiento a Dios. Escribe sobre el consuelo y la alegría que recibe en la oración, pero también cuenta sus momentos de angustia ante la cercanía de la muerte.

Las páginas de Fesch son un relato de su arrepentimiento, pero también un ejemplo de fe y de esperanza en la misericordia divina. Ahora que la pena de muerte está en retroceso en el mundo, "Dentro de cinco horas veré a Jesús" constituye una muestra de las profundos cambios que puede experimentar un hombre. También revela que, incluso ante la perspectiva de la guillotina, la fe ayuda a no perder la esperanza de lo esencial: "un mal cuarto de hora ante toda la eternidad", dice Fesch.






¿POR QUÉ PERDONAR?



Comentario del padre Raniero Cantalamessa -predicador de la Casa Pontificia- a las lecturas del domingo (Mt 18,21-35).

ROMA, viernes, 9 septiembre 2005.

Mateo (18,21-35)

En aquel tiempo Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.

¿Pero cuánto perdonar?

Perdonar es algo serio, humanamente difícil, si no imposible. No se debe hablar de ello a la ligera, sin darse cuenta de lo que se pide a la persona ofendida cuando se le dice que perdone. Junto al mandato de perdonar hay que proporcionar al hombre también un motivo para hacerlo. Es lo que Jesús hace con la parábola del rey y de los dos siervos. Por la parábola está claro por qué se debe perdonar: ¡porque Dios, antes, nos ha perdonado y nos perdona! Nos condona una deuda infinitamente mayor que la que un semejante nuestro puede tener con nosotros. ¡La diferencia entre la deuda hacia el rey (diez mil talentos) y la del colega (cien denarios) se corresponde a la actual de tres millones de euros y unos pocos céntimos!

San Pablo ya puede decir: «Como el Señor os ha perdonado, haced así también vosotros» (Col 3,13). Está superada la ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente». El criterio ya no es: «Lo que otro te ha hecho a ti, házselo a él»; sino: «Lo que Dios te ha hecho a ti, házselo tú al otro». Jesús no se ha limitado, por lo demás, a mandarnos perdonar; lo ha hecho él primero. Mientras le clavaban en la cruz rogó diciendo: «Padre, ¡perdónales, porque no saben lo que hacen!» (Lc 23, 34). Es lo que distingue la fe cristiana de cualquier otra religión.

También Buda dejó a los suyos la máxima: «No es con el resentimiento como se aplaca el resentimiento; es con el no-resentimiento como se mitiga el resentimiento». Pero Cristo no se limita a señalar el camino de la perfección; da la fuerza para recorrerlo. No nos manda sólo hacer, sino que actúa con nosotros. En esto consiste la gracia. El perdón cristiano va más allá de la no-violencia o del no-resentimiento.

Alguno podría objetar: ¿perdonar setenta veces siete no representa alentar la injusticia y dar luz verde a la prepotencia? No; el perdón cristiano no excluye que puedas también, en ciertos casos, denunciar a la persona y llevarla ante la justicia, sobre todo cuando están en juego los intereses y el bien incluso de otras personas. El perdón cristiano no ha impedido, por poner un ejemplo cercano a nosotros, a las viudas de algunas víctimas del terror o de la mafia buscar con tenacidad la verdad y la justicia en la muerte de sus maridos.

Pero no hay sólo grandes perdones; existen también los perdones de cada día: en la vida de pareja, en el trabajo, entre parientes, entre amigos, colegas, conocidos. ¿Qué hacer cuando uno descubre que ha sido traicionado por el propio cónyuge? ¿Perdonar o separarse? Es una cuestión demasiado delicada; no se puede imponer ninguna ley desde fuera. La persona debe descubrir en sí misma qué hacer.

Pero puedo decir una cosa. He conocido casos en los que la parte ofendida ha encontrado, en su amor por el otro y en la ayuda que viene de la oración, la fuerza de perdonar al cónyuge que había errado, pero que estaba sinceramente arrepentido. El matrimonio había renacido como de las cenizas; había tenido una especie de nuevo comienzo. Cierto: nadie puede pretender que esto pueda ocurrir, en una pareja, «setenta veces siete».

Debemos estar atentos para no caer en una trampa. Existe un riesgo también en el perdón. Consiste en formarse la mentalidad de quien cree tener siempre algo que perdonar a los demás. El peligro de creerse siempre acreedores de perdón, jamás deudores. Si reflexionáramos bien, muchas veces, cuando estamos a punto de decir: «¡Te perdono!», cambiaríamos actitud y palabras y diríamos a la persona que tenemos enfrente: «¡Perdóname!». Nos daríamos cuenta de que también nosotros tenemos algo que hacernos perdonar por ella. Aún más importante que perdonar es pedir perdón.





LA VENGANZA ES MÍA



En esta frase del Mesías se puede percibir por un lado una esperanza para los justos y por otra una advertencia contra los rencorosos. LA VENGANZA ES MIA (Rom 12, 19), lleva implícitas dos realidades inherentes a la divinidad: la justicia perfecta y el perdón imprescindible. Nos dice por un lado que los perversos siempre obtienen el castigo a sus maldades. Y cuando digo siempre, digo SIEMPRE. Es cuestión de tiempo, pero antes o despues, la balanza vuelve al centro. Un principio de acción-reacción que si pudiesemos traducirlo en valores matemáticos seria perfecto. Es importante tener muy claro este punto de la inexorable justicia divina para poder comprender la segunda derivación de la frase del Mesías: el perdón. Una vez que sabemos que la justicia siempre llega, antes o despues, SIEMPRE quedará satisfecho el deseo de justicia, es imprescindible llevar esta seguridad a la practica por medio del perdón. PERDONARÁS A TU HERMANO AUNQUE SEA SETENTA VECES SIETE... dijo Jesús en cierta ocasión. Y si realmente estamos convencidos de la justicia divina, este segundo precepto no deberia suponer ningún esfuerzo, más bien al contrario, deberiamos abstenernos de intervenir para que ese mismo principio no se vuelva contra nosotros a causa de las ansias vengativas. En conclusión: perdona a tu enemigo, no odies, no sientas rencor, no tomes venganza, incluso ama a tu enemigo y compadecete de él, porque la Justicia perfecta de Dios no dejará sin resarcimiento las iniquidades.





LA PERFECTA JUSTICIA DIVINA

Si estudiamos detenidamente la Biblia, llegamos fácilmente a la conclusión de que uno de los rasgos definitorios de la personalidad de Dios, quizás el más característico, sea el de la justicia. Resulta sorprendente comprobar como en la Escritura nos conduce hacia esta realidad. La justicia divina resulta tan estricta que podríamos compararla a una ecuación. De hecho, toda la creación parece estar dispuesta en este mismo sentido y cualquier cuestión que imaginemos tiene su oponente. De la misma forma que la luz se opone a la tiniebla, la creación a la nada, la vida a la muerte, la juventud a la vejez y la alegría a la tristeza, nos encontramos con una simetría idéntica al hablar de Dios. El Creador aborrece la injusticia porque se contrapone a Su propia naturaleza. Y toda Su creación se atiene a este principio de equidad estricta. No es difícil entrever todo esto en las Escrituras. La descripción del cielo y del infierno son como una foto y su negativo. La felicidad, el amor, la luz y la alabanza encuentran su oponente en un abismo de dolor, odio, tiniebla y blasfemia perpetuas. Y en el medio de ambos, como una suma de los dos mundos, estamos nosotros, la humanidad. Todo lo bueno y lo malo se junta en este planeta; pero eso no implica que deje de aplicarse el principio universal de la justicia divina. La humanidad también está sujeta a esta realidad inmutable. Y de hecho, si analizamos detenidamente algunas biografías, nos damos cuenta de que la ecuación de la justicia se cumple con una precisión pasmosa.

La humanidad es una raza imperfecta, e imperfecta, significa, ahora más que nunca, INJUSTA. El animalismo, los instintos, y la maldad nos hacen tender hacia un relativismo moral en el que nos olvidamos de la justicia objetiva y nos inventamos nuestra propia escala de verdades. La Justicia Divina no ofrece lugar a dudas, es una realidad objetiva. Nosotros mismos podemos comprobarlo en la vida diaria. Existe una forma objetiva de comportarse -la justicia- que es buena tanto para nosotros como para los demás. Esto es lo que se llama moral natural. El cumplimiento estricto de esta moral justa conduciría a una sociedad feliz; pues dejarían de existir todas aquellas maldades que oprimen a la humanidad desde el principio de los tiempos: guerras, asesinatos, robos, violaciones, odios, envidias, mentiras, malhabladurías, pereza, egoísmo, etc. El mal quedaría entonces reducido a su mínima expresión: aquel derivado de causas no atribuíbles directamente al hombre: los desastres naturales y las enfermedades. Pero incluso estos, de cumplirse el primer precepto, quedarían extremadamente menguados. La solidaridad positiva anularía el primer mal, y el segundo, las enfermedades, quedarían reducidas a la mínima expresión. Pensemos en cuantas dolencias son provocadas por la maldad: drogas, sexo inmoral y pobreza derivada del egoísmo.

Este último apartado nos sirve para ilustrar también la justicia divina. Una vez más, comprobamos como funciona la ecuación. Las drogas, el sexo ilícito y el egoísmo son tres de los becerros de oro que adora mayormente la sociedad actual. Los tres son producto de una misma intención: la búsqueda desenfrenada del placer personal a cualquier precio. Los que caen en estas tres tentaciones casi nunca piensan en el oponente de la ecuación. Es, una vez más, el eterno relativismo moral que predica una justicia falsa, en la que el bien no es el producto final de la justicia, si no el bien propio. Sin embargo, la justicia divina abarca a todos los campos, y en este también se deja sentir. Analicémoslo. El delirio irreal de las drogas por mundos fantásticos suele acabar brutalmente estrellado contra la realidad más descarnada: la pérdida del paraíso ficticio resulta tan devastadora como placentero su descubrimiento. En el segundo caso, el placer sexo inmoral suele encontrar su contrapartida en las dolorosas consecuencias venéreas. Cuando no en la muerte segura a manos del virus mutante del sida, que se encarga de equilibrar con su carga de dolor y desesperación los placenteros desmanes de aquellos que se olvidaron de la universal justicia divina y pretendieron crearse unas normas morales a su medida y a la de sus desaforados instintos. Por último, el egoísmo salvaje y todos los males enumerados anteriormente y otros muchos que no hay tiempo de describir se juntan en un mismo saco para dar lugar a la miseria generalizada que atenaza a ete planeta. La Tierra posee recursos más que suficientes para alimentar, vestir y alojar dignamente a todos sus habitantes y a muchos más que puedan llegar. Por poner un ejemplo, la producción de alimentos es suficiente para alimentar al doble de la población actual. Sin embargo, la mayor parte de la comida es devorada por las ratas y las bacterias en los vertederos mientras varias decenas de miles de personas mueren de hambre todos los días. Curiosamente, esto parece hallar su compensación en las muertes causadas por el hartazgo de alimentos. En el mundo rico, el exceso de comida provoca la mayor parte de los infartos cardíacos y cánceres diversos, siendo estas las dos causas que provocan la mayor parte de las muertes.

Pero no acaban aquí las posibilidades de la justicia divina. Me temo que muchos personajes históricos de cierto relieve no podrían pagar sus crímenes ni siquiera en un millón de años que viviesen. Las muertes atribuibles a personajes como Hitler, Stalin y Mao se cuentan por decenas de millones. Puede alguien pensar que estos personajes quedarán al margen de la universal justicia divina? Posiblemente muchos lo piensen, de la misma forma que ellos mismos se piensan libres de esta justicia; pero la realidad es muy diferente.

Llegados a este punto, no puedo seguir aportando más datos objetivos. La realidad de la vida post-mortem es indemostrable y sólo la fe es posible en estas circunstancias. Sin embargo, la realidad nos demuestra constantemente como se manifiesta la justicia divina a nuestro alrededor, como interactúa con el entorno. A través de estas realidades es posible intuir la necesidad de la justicia para alcanzar la felicidad. Sin embargo, me temo que la mayor parte de la humanidad no atiende a estas razones, dejándose llevar por unos instintos primarios que les piden inmediatez e ignoran las lamentables consecuencias de la maldad. Una maldad que se prolongará incluso una vez traspasada la barrera de la muerte, pero me temo que cuando, finalmente, descubran la necesidad imperiosa de la justicia, ya será demasiado tarde.





PERSECUCIONES RELIGIOSAS


Yahveh tu Dios descargará todas sus imprecaciones sobre los enemigos y adversarios que te han perseguido. (Deuteronomio 30, 7)

Hijos, soportad con paciencia la ira que de parte de Dios os ha sobrevenido. Te ha perseguido tu enemigo, pero pronto verás su ruina y en su cerviz pondrás tu pie. (Baruc 4, 25)

En estos dos pasajes comprobamos como los perseguidores de los justos acaban pagando por su pecado ya en esta vida. Y el caso es que echando una ojeada a la historia, nos encontramos con casos muy sorprendentes.

Las persecuciones en el Imperio Romano son innumerables, sin embargo, la caída de este poder ya fue predicha por el Mesías en Su paso por la tierra en Lucas 21, 23.

La edad media registra una gran proliferación de herejías, en muchos casos apoyadas por príncipes laicos deseosos de realizar sus ansias de poder a costa de las almas de sus súbditos. Todas ellas sin excepción acabaron desbaratadas.

No ocurrió lo mismo en la edad moderna. Lutero, Calvino y otros "iluminados" arrastraron a ingentes cantidades de ingenuos seguidores al infierno con sus patéticas herejías. Y aún continúan haciéndolo hoy en día. El hecho de que las herejías protestantes no fuesen exterminadas se debió a factores políticos. Muchos príncipes alemanes se subieron al carro de los herejes para zafarse de la autoridad del emperador católico del Sacro Imperio. Era una forma de liberarse de la tutela imperial por medio de la insumisión religiosa. De paso, se apropiaban de los bienes del clero en su propio beneficio y además podían ejercer un control directo sobre las nuevas iglesias protestantes, que no dependían del poder legítimo del Papa, sino que eran supervisadas por los príncipes temporales.

Durante este cambio, hubo que contar innumerables persecuciones religiosas contra los católicos que se negaban a apostatar de la fe de sus antepasados. Podemos mencionar los cien mil campesinos asesinados en Alemania ya en tiempos de Lutero, o los cuarenta mil católicos irlandeses masacrados en tiempos de Isabel I de Inglaterra, entre otros muchos ejemplos. Desde que estallaron estas herejías, las guerras se sucedieron incesantemente en Europa, hasta culminar en la guerra de los 30 años, que supuso el exterminio de entre el 33% y el 60% de la población alemana, dependiendo de las regiones.

En la edad contemporáena existen muchos casos ampliamente documentados de este tipo. El más temprano y el que en proporción fue seguramente la guerra más sangrienta de toda la historia se produjo en sudamérica. Tras la independencia, el dictador Francia se ocupó de dirigir con mano de hierro los destinos del Paraguay. Este señor no creía en Jesús y Su poder redentor, de hecho, apostató públicamente de su religión católica. Prefería dedicarse a la cartomancia, a la brujería y a otras artes ocultas vinculadas con la magia y el satanismo. Entre otras perlas de su "reinado" se le ocurrió clausurar los conventos y secularizar a los frailes, "nacionalizar" la Iglesia y cerrar el único seminario que existía en el país, poniendo en graves aprietos el futuro de la Iglesia en el Paraguay. Las consecuencias de estas agresiones no llegaron durante la vida de este dictador, sino en la de su sucesor: Solano López. Este dictadorzuelo no tuvo mejor ocurrencia que declarar la guerra a Brasil, Argentina y Uruguay, a todos a la vez. Las consecuencias eran más que previsibles: la población del Paraguay, que era de 1300000 personas antes de la guerra, quedó reducida a 300000, el 90% de ellos, mujeres. La matanza entre la población masculina fue tan ingente que al final de la guerra sólo restaban en el país 30000 varones. Ante semejante hecatombe, hubo de autorizarse temporalmente la poligamia.

El siglo pasado fue en el que Nuestra Señora se apareció a los pastorcillos en Fátima para advertirnos. Dijo que las guerras son castigos de Dios y predijo el comienzo de la II Guerra Mundial "si los hombres no dejaban de ofender a Dios". Los hechos posteriores le dieron la razón, ya que el siglo XX fue sin duda el siglo del ateísmo, y, al mismo tiempo, y como consecuencia, el más sangriento de toda la historia.

Y es que cuando se pierde la noción de Dios, el hombre se animaliza hasta unos extremos inauditos. Los ejemplos son muchos. La Segunda Guerra Mundial tuvo por telón de fondo el combate entre dos ateísmos: el nazi y el comunista: resultado 55 millones de muertos. Un caso similar ocurrió en España. Durante el período republicano, se desató una ola de anticlericalismo generalizado, con asesinatos de religiosos y quema de iglesias incluída. Unos siete mil sacerdotes y religiosos fueron masacrados. Las consecuencias no tardaron en llegar: la guerra civil más sangrienta de toda la historia española. Un millón de muertos y varios millones de emigrados forzosos. Más contundente aún fue lo ocurrido en Camboya en los años setenta. La instauración del "paraíso comunista", de Pol Pot, con la demolición total de toda obra religiosa en el país supuso el asesinato de dos millones de camboyanos, sobre una población total de seis millones.

Actualmente existe otro país donde se reproduce este esquema: Corea del Norte, donde toda muestra de religiosidad está severamente perseguida. Hace unos cincuenta años, el dictador del norte ordenó la invasión del sur provocando una guerra con varios millones de muertos y heridos. La dictadura -marxista-leninista y estrictamente atea- subsiguiente costó otro millón de muertos a causa del hambre y las persecuciones. En la actualidad, este país abandonado de Dios se muere literalmente de hambre. Se calcula que en la hambruna del año 1995 han muerto tres millones de norcoreanos de inanición, y eso sin contar con una generación de niños y jóvenes física y mentalmente impedidos -enanismo, tuberculosis, retraso mental, y otras enfermedades relacionadas con la malnutrición crónica.

Y todo ello aderezado con la más brutal de las corrupciones por parte de los dirigentes "proletarios" del país, que no dudan en derrochar los caudales públicos en palacios, limusinas, y caras películas de propaganda en las que se ensalzan las bondades del régimen. El hambre y la miseria generalizadas no hacen ninguna mella en ellos. Esta gente sin duda actúa como afirmaba Dostoievski: "Si Dios no existe, entonces todo está permitido".

El mismo panorama se repite una y otra vez a lo largo del mundo. Y es que el olvido y la premeditada ignorancia del Creador tienen su precio.







ARREPENTÍOS O ARDERÉIS EN EL INFIERNO



Dios está haciendo gala de una extrema benignidad a la hora de perdonar a los pecadores. Durante los años que dura esta vida, ofrece innumerables oportunidades de arrepentimiento a los impíos para que dejen sus vidas de pecado y ateísmo y retornen a Él, que los espera con los brazos abiertos. La misericordia de Dios es inmensa, pero no ilimitada. Está dispuesto a perdonar hasta al pecador más empedernido, si él lo quiere. Dios no impone Su perdón, sólo lo ofrece a quienes deseen acogerse a él.

Y aunque es una misericordia enorme la que Dios ofrece a los que están alejados de Él, no es infinita. Llega un momento en que dice "BASTA". Y cuando Dios dice "basta", las opciones de arrepentimiento se acabaron DEFINITIVAMENTE. Pues cuando Dios pronuncia una sentencia, ya no hay vuelta atrás.

No se puede abusar indefinidamente de la bondad de Dios. Aquellos pobres ateos que rechacen las luces que el Creador les envía una y otra vez a lo largo de su vida para que retornen a Él, se encontrarán con que serán apartados PARA SIEMPRE de Dios. En el infierno no existe la posibilidad de arrepentirse. Ahora, en esta vida, estamos en el tiempo de gracia. Todos los pecados le son perdonados al pecador que sinceramente se arrepiente de su pasado pecaminoso y se acoge al perdón que Dios le ofrece.

Sin embargo Dios no nos impone la salvación. Todos esos pobres inconscientes, estúpidos y ciegos que se nieguen a aceptar el perdón, serán medidos con la vara de la Justicia Divina. Dios el Todopoderoso, Omnipotente y Omnisciente presentará delante de sus ojos toda su vida como prueba acusatoria. Al morir, toda la vida del pecador será rebobinada delante de él para que él mismo, al contemplar su vida pecaminosa, al comprobar los continuos e inauditos menosprecios al perdón que Dios le ofrecía, sepa con seguridad que su único lugar para toda la eternidad será el infierno.

Por último, como hay gente que se piensa que el infierno es una especie de discoteca a la que se va a bailar a gritar y pasarlo bien, le sugiero que se lea este texto para que se vaya haciendo una pequeña idea de lo que le aguarda allí PARA SIEMPRE JAMÁS.

EL INFIERNO DE SAN ANSELMO






FELIZ NAVIDAD A TODOS

Ahora que faltan unos días para el gran acontecimiento, deseo enviar mis sinceras felicitaciones a todos los lectores. Como no quiero que esto quede en un mero formalismo, deseo recordar que esta fiesta, cada vez más devaluada en esta sociedad materialista, tiene un significado esencial. La Navidad implica el nacimiento de Cristo, y el nacimiento de Cristo implica el renacimiento del hombre para Dios. Cristo nació por y para nosotros. Nació para limpiar nuestras almas del pecado. Ni toda el agua del océano podría limpiar ni un solo pecado de nuestra alma, sin embargo el
Sacrificio de Cristo es tan poderoso que podría dejar reluciente como el sol hasta el alma más podrida, la más hedionda, el alma más corroída por los gusanos del mal. Me consta que a nuestro alrededor existen almas tan putrefactas que si pudiesen irradiarse al exterior de sus cuerpos apestarían peor que una montaña de cadáveres. Almas destinadas al pudridero eterno del abismo. Pero el poder de Cristo es tan gigantesco que hasta este cúmulo de podredumbre puede transformarlo en un alma de transparencia cristalina. Que nadie se sienta excluído de la gran fiesta de la Navidad. Cristo nació en una cuadra precisamente por este motivo: para señalarnos que todos estamos llamados a la eternidad, incluso aquellos que tienen la conciencia tan plagada de pecados que ya la consideran irrecuperable. Para Dios nada es imposible. Él sólo pide una cosa: ARREPENTIMIENTO.









VOLVER